Estamos en las postrimerías del
siglo XVI. Y elijo este “instante” para comenzar porque marca el
comienzo del fin de un imperio.
La España que comienza su
expansión con Los Reyes Católicos y que alcanza su apogeo con Felipe II, llega a su fin con la
muerte de éste. Pero en contra de lo que pudiera parecer, y sobre todo, en
contra de la historia “oficial”, no fue ni mucho menos una España idílica; al
menos, no lo fue para el pueblo.
“Los prelados, grandes de España, señores y
caballeros, que son los que recogen todo el pan en grano que los dichos
labradores labran y cultivan, no pagan ninguna cosa; Los prelados porque son
exentos; los grandes y señores, porque de ordinario no pagan las alcabalas (Impuesto
sobre las ventas) y las cargan sobre sus
vasallos (los labradores); y otros
caballeros y particulares, porque casi ninguno hay que no tenga tales medios en
sus pueblos y tierras con que salen libres del dicho derecho, y ha de cargar
todo sobre los campesinos, los cuales no pueden escapar de pagar de un grano
que vendan”
Actas de Cortes de Castilla
Como señalan las Cortes de
Castilla del año 1593, la peculiar estructura impositiva de Castilla, hacía de
los campesinos “la gente que sostiene
este reino”. Era su trabajo el que sostenía al gobierno y a la sociedad
española, financiaba los ejércitos y las flotas, y permitía subvencionar a los
aliados.
En 1600 Martín González de
Cellórigo afirmaba:
“Toda estructura social y económica de
España descansa sobre los campesinos porque uno que labra, ha de sustentar a sí
y al señor de la heredad, y al señor de la renta, y al cogedor del diezmo, y al
recaudador del censo, y a los demás que piden”
Las cargas que aplastaban a las
masas rurales eran pagos en dinero, especie, y servicios a sus señores. Estos,
variaban de una región a otra, pero en honor a la verdad, se ha de decir que en
Castilla, eran menos onerosos que en Aragón. Aquí, en el Reino de Aragón, los
fueros por los que se regían, eran con frecuencia utilizados contra Castilla en
defensa de un “status quo” que tan solo beneficiaba a la nobleza y al clero,
mientras mantenían al pueblo en la misma, sino mayor miseria que la del pueblo
castellano.
Más gravoso aún era el diezmo que
debían a la Iglesia y que gravaba los cereales, el ganado, y otros productos
agrícolas. En Castilla la Nueva, el diezmo podía suponer hasta veinte veces más
que las execciones señoriales, y era imposible eludirlo, pues a la Iglesia se
le reconocía el derecho de disfrutar de los frutos de la tierra, y lo hacía
cumplir con todo el rigor que las leyes divinas y humanas le conferían. En su
defensa debo decir, que esa misma Iglesia valiéndose del dinero recaudado a
través de este impuesto, (el diezmo), realizaba su labor social, educativa y
pastoral, pero también, sus muchas veleidades pues al fin y al cabo, quienes
estaban al frente de ella, eran tan humanos como todos los demás. El error
lamentable, suele ser culpar a la Iglesia (institución), de los errores
cometidos por sus representantes guiados por la misma humana avaricia que el
resto de los mortales. Pero si, es
cierto que para el campesino, este impuesto era una pesadilla.
Además de la visita regular de
los batles y de los encargados de cobrar el diezmo, el campesino soportaba
también las “atenciones” de los recaudadores reales que cobraban las alcabalas
y los servicios, y desde finales del
siglo XVI “los millones”, un nuevo impuesto que recaía sobre los productos
alimenticios básicos. Pero nuestro “pobre” campesino, no acababa aquí con el
chorreo impositivo. Una vez pagados todos los impuestos, el campesino, ¡aún
debía pagar la renta a su señor!, que en Castilla suponía entre un tercio y la
mitad del valor de la cosecha. Su única salida era pues (como no) la
emigración.
Los defectos de la estructura
agraria, lejos de corregirse, se acentuaron a finales del siglo XVI. El afán
por conseguir la condición nobiliaria, la renuncia a ejercer un gobierno
responsable, y la penuria de la Corona, fueron las presiones que derribaron las
barreras impuestas al avance señorial erigidas por Felipe II. Con su muerte, no
solo comenzó el declive del Imperio, comenzó una larga crisis social, moral y
económica que acompañó a España en mayor o menor medida hasta nuestros días.
Con Felipe II murió la esperanza.
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