lunes, 3 de marzo de 2014

Capítulo I

Estamos en las postrimerías del siglo XVI. Y elijo este “instante” para comenzar  porque marca el comienzo del fin de un imperio.

La España que comienza su expansión con Los Reyes Católicos y que alcanza  su apogeo con Felipe II, llega a su fin con la muerte de éste. Pero en contra de lo que pudiera parecer, y sobre todo, en contra de la historia “oficial”, no fue ni mucho menos una España idílica; al menos, no lo fue  para el pueblo.

                “Los prelados, grandes de España, señores y caballeros, que son los que recogen todo el pan en grano que los dichos labradores labran y cultivan, no pagan ninguna cosa; Los prelados porque son exentos; los grandes y señores, porque de ordinario no pagan las alcabalas (Impuesto sobre las ventas) y las cargan sobre sus vasallos (los labradores); y otros caballeros y particulares, porque casi ninguno hay que no tenga tales medios en sus pueblos y tierras con que salen libres del dicho derecho, y ha de cargar todo sobre los campesinos, los cuales no pueden escapar de pagar de un grano que vendan”
                                                                                                                              Actas de Cortes de Castilla

Como señalan las Cortes de Castilla del año 1593, la peculiar estructura impositiva de Castilla, hacía de los campesinos “la gente que sostiene este reino”. Era su trabajo el que sostenía al gobierno y a la sociedad española, financiaba los ejércitos y las flotas, y permitía subvencionar a los aliados.

En 1600 Martín González de Cellórigo afirmaba:
                “Toda estructura social y económica de España descansa sobre los campesinos porque uno que labra, ha de sustentar a sí y al señor de la heredad, y al señor de la renta, y al cogedor del diezmo, y al recaudador del censo, y a los demás que piden”

Las cargas que aplastaban a las masas rurales eran pagos en dinero, especie, y servicios a sus señores. Estos, variaban de una región a otra, pero en honor a la verdad, se ha de decir que en Castilla, eran menos onerosos que en Aragón. Aquí, en el Reino de Aragón, los fueros por los que se regían, eran con frecuencia utilizados contra Castilla en defensa de un “status quo” que tan solo beneficiaba a la nobleza y al clero, mientras mantenían al pueblo en la misma, sino mayor miseria que la del pueblo castellano.

Más gravoso aún era el diezmo que debían a la Iglesia y que gravaba los cereales, el ganado, y otros productos agrícolas. En Castilla la Nueva, el diezmo podía suponer hasta veinte veces más que las execciones señoriales, y era imposible eludirlo, pues a la Iglesia se le reconocía el derecho de disfrutar de los frutos de la tierra, y lo hacía cumplir con todo el rigor que las leyes divinas y humanas le conferían. En su defensa debo decir, que esa misma Iglesia valiéndose del dinero recaudado a través de este impuesto, (el diezmo), realizaba su labor social, educativa y pastoral, pero también, sus muchas veleidades pues al fin y al cabo, quienes estaban al frente de ella, eran tan humanos como todos los demás. El error lamentable, suele ser culpar a la Iglesia (institución), de los errores cometidos por sus representantes guiados por la misma humana avaricia que el resto de los  mortales. Pero si, es cierto que para el campesino, este impuesto era una pesadilla.

Además de la visita regular de los batles y de los encargados de cobrar el diezmo, el campesino soportaba también las “atenciones” de los recaudadores reales que cobraban las alcabalas y los servicios,  y desde finales del siglo XVI “los millones”, un nuevo impuesto que recaía sobre los productos alimenticios básicos. Pero nuestro “pobre” campesino, no acababa aquí con el chorreo impositivo. Una vez pagados todos los impuestos, el campesino, ¡aún debía pagar la renta a su señor!, que en Castilla suponía entre un tercio y la mitad del valor de la cosecha. Su única salida era pues (como no) la emigración.

Los defectos de la estructura agraria, lejos de corregirse, se acentuaron a finales del siglo XVI. El afán por conseguir la condición nobiliaria, la renuncia a ejercer un gobierno responsable, y la penuria de la Corona, fueron las presiones que derribaron las barreras impuestas al avance señorial erigidas por Felipe II. Con su muerte, no solo comenzó el declive del Imperio, comenzó una larga crisis social, moral y económica que acompañó a España en mayor o menor medida hasta nuestros días.

 Con Felipe II murió la esperanza.





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