Capítulo II
El
feudalismo se fue extendiendo gradualmente por el campo castellano. Ministros y
validos, comenzaron una loca carrera por adquirir posesiones y conseguir
vasallos. El Duque de Lerma, valido de Felipe III, utilizó su influencia en la
Corte, para conseguir señoríos, pero fue Felipe IV quien dio la puntilla a lo
que pudo ser un Estado.
En
1625, la Corona, firmó un asiento con un grupo de banqueros (judíos portugueses
y venecianos) por valor de 1.200.000 ducados, poniendo como una de las garantías
a 20.000 vasallos, (eran considerados como una “propiedad” que podía ser
enajenada). Para esta enajenación, la Corona necesitaba el acuerdo de Las
Cortes. Éstas se mostraron contrarias a dar el visto bueno por motivos de puro
pragmatismo (pérdida de valor), no por cuestiones morales pues la plebe era
vista como un mero objeto necesario para sostener la Corona. El pueblo por su
parte, aceptaba el hecho con “cristiana resignación”, Formaba parte de su
destino, y la Iglesia, era la encargada de mantener el “status quo”, a base de
ofrecer el Paraíso en la “otra” vida. Aunque no deja de ser cierto, que los
mayores logros los obtuvo bajo la amenaza del Infierno.
Para
lograr la aprobación de las Cortes, el Portavoz Real, tuvo que recurrir a todo
tipo de argumentos patrióticos y religiosos:
“(…) y considerando las grandes, precisas y urgentes necesidades en que
su Majestad se halla, causadas del inexorable gasto y costas que ha tenido en
la toma de Breda, restauración del Brasil, y provisión de los grandes ejércitos
que por mar y tierra ha tenido y como que de presente se halla en Flandes
contra los rebeldes defendiendo la Santa Fe Católica y sus estados
patrimoniales”
Actas de Castilla 1563
– 1632
A
las calamidades producidas por las guerras constantes del periodo que nos
ocupa, y las hambrunas producidas por las malas cosechas debidas a una mala
planificación agraria y a una climatología adversa, hay que añadir una nueva
calamidad: La Peste.
En
1598, llegó a la zona centro de España tras arrasar el Norte de la Península, y
diezmó Castilla. En 1599, llegó a Andalucía, y solo en Sevilla causó 8.000
víctimas. Existe una relación directa entre la depresión rural, y la alta
mortandad provocada por la enfermedad. Los campesinos indigentes afectados ya
por la malnutrición, eran presas fáciles de la peste. A esto, se sumaba el
hacinamiento en las ciudades. Cuando se decretó la cuarentena en las ciudades,
el transporte de los escasos alimentos se hizo casi imposible. Fue la población
urbana, hacinada en los arrabales, mal alimentada y sin higiene, la que soportó los mayores
sufrimientos. Es difícil determinar que causó más muertes, si la peste o el hambre.
Mientras,
los “ricos”, (como siempre desde que el mundo es mundo), huían a sus casas
solariegas y se protegían tras los soldados. Los pobres, si hacían lo mismo, es
decir, “huir”, eran expulsados de las aldeas por las armas.
Hacia
1612, la sociedad imbuida de una especie de “ansia de muerte”, encontró al
culpable de sus males. Gracias a la hábil manipulación de una pobre mentalidad,
los “moriscos”, último vestigio del Islam en España fueron expulsados. Entre
1596 y 1614, Castilla vio como su población se reducía en 700.000 personas
entre víctimas de la peste y de la expulsión.
Esta
epidemia, conocida como “La Gran Peste” solo fue la primera de otras grandes
epidemias que a lo largo de varios decenios azotaron a nuestro país. Era tal la
situación, que la esperanza media de vida se cifraba entre los 24 y 26 años.
Este dato, está extraído de la obra de Vicente Pérez Moreda “Las crisis de Mortalidad en la España
Interior, Siglos XVI al XIX” Madrid 1980 pp. 453 y sgtes.
Según
González Cellórigo, “La pérdida de valor,
fuerza, y la grandeza de España, se debe a la falta de gente que se ha puesto
de manifiesto en los últimos años”
Los
años 1630 a 1632, fueron de una dureza sin igual. Se conjugaron la peste, el
hambre y la pérdida de las cosechas.
“Ha
muerto mucha gente y han desamparado sus casas y haciendas. Muchas familias
perdieron sus labranzas. Faltaban los ganados, consumiéronse muchos caudales,
quedáronse los pueblos más para alivio de trabajos, que para acudir en socorro
de los reinos”
Actas de las Cortes de Castilla, LI,
p.97
La
peste y la despoblación, tuvieron como consecuencia la elevación de los
salarios por falta de mano de obra hasta niveles sin precedentes. Y esto,
derivó en un igual incremento del coste de vida.
Durante
todo el Siglo XVII, continuó esta tendencia de subidas salarios – precios. Los
salarios, siempre iban por detrás de los precios. En 1650, el poder adquisitivo
de un trabajador asalariado, era un 40% menor que en 1600. Para las masas
asalariadas de Castilla, la inflación fue una auténtica calamidad (una más que
sumar a la larga lista), que deterioró su ya bajo nivel de vida, hasta límites
de subsistencia.
Solo
suponiendo que España necesitaba de una política de “ahorro forzoso” a expensas
del trabajador asalariado y cada vez más empobrecido se puede justificar la
“afirmación” (que en alguna parte he leído), de que la ruina de España en el
siglo XVII se debió a que los salarios
no se mantuvieron por detrás de los precios en el porcentaje necesario como
para permitir el ahorro, dificultando con ello la inversión en actividades
productivas.
Sin
embargo, lo que la realidad muestra, es que el capital excedente, que existía,
estaba en otras manos y destinado a otros usos. Por otra parte, los
comerciantes e industriales españoles, eran más bien escasos en número, faltos
de ambición y formación, y obstaculizados por la política del Estado, la
guerra, y los “valores” sociales, que mostraban el trabajo y la actividad
comercial como algo alienante y deshonroso para la persona.
Los
ingresos de la aristocracia, eran destinados a usos improductivos (consumo
suntuario y ostentación social), descuidando el ahorro y la inversión, lo cual
incidía negativamente en la “balanza de pagos”, ya que la mayoría de los
productos de consumo o bien venían de fuera de España, o bien eran grabados por
impuestos internos. El comercio entre Aragón y Castilla, se consideraba
“Comercio Exterior” y estaba fuertemente grabado.
El
estilo de vida aristocrático, se basaba en falsos ideales de honor, (entiéndase "honor", no en el sentido de "valor moral", sino en el de "reconocimiento social") y reputación
que contaminaban a todos los estratos sociales y comprometían los “valores”
económicos.
“Los
españoles, apetecen más que otra cosa el honor y la estimación, y cada uno
procura adelantarse… Esto se ve en que apenas hay hijo que esté dispuesto a
seguir el oficio del padre; el hijo del zapatero aborrece este oficio, el del
mercader quiere ser caballero, y así corre en los demás”
Así se expresaba un ministro de Felipe IV
LA
NOBLEZA
La
sociedad española del XVII, se encontraba dividida en dos sectores: de un lado,
la aristocracia, cuyo estatus no se remontaba precisamente a la antigua
acepción clásica griega del término “los mejores”, sino más bien a la posición
social que les reportaba el dinero, y que monopolizaba las tierras y los cargos
públicos. Gozaba de un estatus jurídico que les eximía del pago de impuestos, y
les dotaba de un marco legal propio lejos de los procedimientos jurídicos
normales. Y una masa de trabajadores y campesinos cada vez más explotados y
empobrecidos que luchaba con todos los medios a su alcance para acceder a
posiciones más elevadas.
Las
diversas leyes suntuarias que la nobleza se daba, eran para acentuar más si
cabe las diferencias sociales. Una de estas leyes, prohibía a los artesanos,
trabajadores del campo, y a todos aquellos que trabajaban con las manos así
como a sus familiares, llevar vestidos de seda (en el supuesto de que hubiesen
podido permitírselo). Otra, restringía el uso de coches de caballos y sillas de
mano a situaciones de extrema urgencia o necesidad. Estas leyes, servían para
hacer visibles los símbolos del estatus, y para “estimular” las pretensiones de
ascender en la escala social.
La
nobleza venida a menos, (pues nadie escapaba de la crisis), veía con buenos
ojos estas leyes, pues les permitían saberse y hacer saber de su estatus..
La
Corona por su parte, sabedora de la condición humana, protegía a la nobleza
incluso de sí misma. Los nobles, necesitan del permiso del rey para casarse,
para enajenar su patrimonio, para hipotecar sus propiedades, en definitiva,
para todo aquello que pudiera suponer una merma que pudiera debilitar a la
clase a la que pertenecían, porque la Corona, consideraba a la nobleza como una
reserva de “talento” al servicio del país.